Desde que el hombre aprendió a hacer fuego la tecnología le ha acompañado siempre: La rueda, el molino de agua, la columna greco-romana, los teléfonos inalámbricos, el tanque a -2 grados o el esférico de cuero han ayudado a las personas a vivir mejor, a trascender sus vulgares límites, a dominar la tierra y el cielo y a disfrutar los sábados, los domingos y algunos días entre semana. Pero también los ha habido que le han causado penas y quebrantos. Espadas y catapultas, fusiles y tanques de guerra, pólvora y bombas de hidrógeno o muebles de tiendas suecas han servido para provocar dolor y sufrimiento.
Por eso, pretendemos mostrar, analizar, desgranar y reflexionar, siempre con espíritu crítico, crítico de “reflexivo”, no sólo de “criticar”, los inventos viejos y nuevos, la última tecnología punta, las cosas que ya tenemos y las que están por llegar, lo que nos depara el futuro y lo que ya está en nuestras tiendas.
Y, ya que estamos donde estamos, cómo no, a la que hay en el deporte.
0
Probablemente no hace falta ni que se explique la historia: Lance Armstrong, uno de los mayores ciclistas de todos los tiempos, el único en ganar 7 tours, acaba de confesar que utilizó el dopaje en su larga y extensa carrera. Después de años (o décadas) de rumores, noticias e investigaciones, de haberlo desmentido en multitud de ocasiones, y tras un proceso polémico repleto de acusaciones cruzadas, el tejano se ha puesto frente a las cámaras para decir públicamente lo que ya sabemos: que todo lo que ganó fue haciendo trampas.
¿Y por qué lo hace? Que nadie se engañe. No es porque no puede más, porque necesita ser sincero. Si confiesa es por la pasta. Por un sencillo juego aritmético. ¿Cuánto le cuesta seguir mintiendo? Pues nada menos que una sanción de por vida, es decir, no poder competir en triatlones, que es a lo que se dedica ahora mismo. ¿Y si confiesa, qué pasa? Primero, los millones de la tele, que seguro que habrán sido muchos. Segundo, un cierto lavado de cara, al menos ante la opinión pública de su país, donde es un ídolo. Tercero, ante sus patrocinadores, que seguro que los sigue habiendo que cuentan con con su prestigio y su fama. Y, por último, ante las federaciones norteamericanas, donde confesar las mentiras es mejor que seguir manteniéndolas. Seguramente hayan cosas pactadas, un indulto, una rebaja, y dentro de un poco de tiempo, volver a competir y a ganar pasta.
Porque al final sólo se trata de eso. ¿Es que nadie lo sabía? Un tipo que se dopó durante más de una década, que pasó por innumerables controles, ¿cómo es que nunca dio positivo? Aquí está en el ajo hasta el más tonto: sus compañeros de equipo, sus directivos, la propia UCI, la organización de las competiciones. Todos tenían que que saberlo, que estar untados, o que les interesara. Claro, un portento que hace historia en un país como EEUU, donde el ciclismo es ultraminoritario, es un caramelo para las federaciones, para las televisiones y para los sponsors.
Pero yo lo que me pregunto es, ¿y qué? ¿A alguien le extraña? ¿A quién puede molestarle? Es muy probable que (casi) todos los ciclistas se dopen. ¿Y qué si es así? Desde el mismísimo principio de los tiempos los deportistas han buscado la forma de que su cuerpo fuera más allá. El propio lema de las olimpiadas, “más alto, más rápido, más fuerte” indica hacia dónde hay que mirar: hacia la superación, personal y de todos los posibles rivales.
En las edades antiguas, cuando la tecnología era arcaica, los atletas buscaban en las plantas, en los destilados y en las pociones alquímicas esa energía extra que les ayudaran a batir marcas. Substancias como el té o el café, bayas como el guaraná, mejunjes derivados de alcoholes y especias y toda clase de supercherías (sangre de tigre, carne de depredadores o incluso comerse a otros humanos) han servido como estimulantes para conseguir más resistencia, más fuerza o velocidad.
Ahora, en los tiempos modernos, los sistemas de entrenamiento avanzados, las técnicas de recuperación después del esfuerzo, las simulaciones por ordenador personalizadas, la tecnología médica y de nutrición, ¿no son todas ellas otras formas de dopaje? ¿Acaso gana quien es mejor, o quien, siendo bueno, tiene detrás un equipo que le hace la 'puesta a punto', usando todo lo que tenga en su mano? Y yo me pregunto, ¿es menos lícito el dopaje que cualquier otro tipo de ayuda?
El único pero del doping podría ser el de la salud del dopado. Pero, ¿acaso el deporte de élite se puede decir que sea sano? ¿Esos tremendos esfuerzos, esas horas en el gimnasio, esas palizas que se pegan, con unas lesiones fabulosas, todo ello, es sano? En el mismo país de Armstrong hay deportes en los que hay que doparse, donde no sólo no hay controles sino que, si no consumes substancias que te hagan más fuerte, sencillamente no vales. ¿O acaso alguien piensa que los cuerpos que se ven allí en el football, en el boxeo, en el baloncesto, se consiguen sólo a base de gimnasio?

| < Prev |
|---|